entre las dos y las ocho de la tarde de ayer he estado pendiente de saber si, y cuándo, quedaría para tomar una cerveza, darnos un chapuzón en la playa, echar una pachanga al ordenador… resulta mucho más sencillo simplemente no responder y dejar que el silencio otorgue, dejando un espacio siempre abierto a la interpretación.
a las seis de la tarde, mientras tanto, recibí un mensaje extraño, una despedida con la que yo no tenía mucho que ver. así que llamé al despedido para preguntarle por la partida, sin mucho éxito… más cosas postergadas a las ocho de la tarde.
a las ocho de la tarde hablé con una tercera persona, simplemente para comentar la jugada del domingo. sabiendo que no iba a salir – ya que avisa con tiempo – me sorprendió su afirmación en contrario: “no, no iba a salir contigo, pero ¡claro que me iré a tomar una cerveza!”.
a las ocho y cuarto pude enterarme del motivo del mensaje perturbador. venía rodeado de una petición de auxilio: “emborrachémonos, pues odio a la humanidad. ¡ódiala conmigo!”.
dos cervezas y un gin-tónic después, me encontré superando la barrera de lo políticamente correcto. y ante los lamentos acerca de la invisibilidad, acusaba a mi acompañante de quererse, de gustarse, de saberse una persona estupenda. pero también de aprovecharse de ello, de mantener a su público pendiente y dependiente. se enfadó porque pensara que se gustaba…
- no tengo la culpa de que estés enamorado de mí”.
- yo tampoco. y hago lo que puedo”.
y estoy triste y celoso. triste porque no creo en la necesidad como motivo para ver a alguien. y celoso porque lo único que no compartimos es la física, para bien y para mal.