Lunes, 16 de junio de 2008
es terrible. un día te despertaste y no te pudiste quitar la tristeza de encima. miraste alrededor y todo lo que alcanzaste a ver estaba distorsionado por las lágrimas. ahora, las telarañas en tus ojos te impiden darte cuenta de que brilla el sol. por eso siempre crees que está nublado y nunca te apetece salir del nicho cálido en que has convertido tu cama.
mover un músculo, cualquier, supone un esfuerzo descomunal. el cuerpo te duele. se ha convertido en una prisión de la que no puedes escapar. tu realidad se ve delimitada por una masa de tejidos que te aísla. no es porosa, pues no permite que nadie penetre en el interior. su impermeabilidad arcillosa delimita dos universos: el tuyo y otro, que se estanca en la superficie de tu piel, pudriéndose y descomponiéndose.
en el espejo estás omnipresente, hasta el punto de que lo desbordas. es el amigo que te acompaña cada mañana. y como a un buen amigo, no puedes defraudarlo. te hinchas a comer, metiéndote en la boca lo que atraviesa tu campo visual. todo sabe uniformemente a ceniza. a la misma ceniza que va prestando su peste a tu madriguera, donde el aire se renueva a poco. salivar, masticar, triturar, deglutir. tu lengua se ha convertido en palanca. ni siquiera es capaz de articular sonidos distinguibles como palabras. “¿para qué” – piensas – “si no hay nadie al otro lado”.
no estando en situación de cuidarte, ¿por qué atender a asuntos ajenos? los informes se apilan en montañas de papel que nunca escalarás. nunca estarás en la cima ni te pondrás las manos en la cintura, oteando alrededor orgulloso de tu logro personal. los caminos no son de vuelta, sino laberintos en los que ariadna, obtusa ella, ha olvidado colocar su ovillo.
los libros, las películas, las canciones te devuelven tu historia. nunca son espejos que puedas atravesar ni indican un camino de baldosas amarilla que conduzca a oz. a lo sumo, te recuerdan el pasillo de la canalla indicando la dirección del patíbulo donde, oscilante, te espera la soga del verdugo.
las personas se van acumulando, en fila de a uno, en cualquier parte. el gimnasio, la escuela, los bares, el metro, la biblioteca, las discotecas, la oficina, el ciberespacio… una sucesión de rostros, acentos, nacionalidades e idiomas indistinguibles desde el fondo del hoyo. aportan un calor insuficiente para encender una hoguera que te mantenga caliente.
sólo la química te acompaña. las maravillosas fórmulas magistrales, administradas cada seis u ocho horas. las que ponen en marcha la sonrisa, las manos, las palabras. las que te dominan y a las que permites tomar el control. las pastillas a las que he acabado cogiendo cariño.
Por: serpientelocuaz | hilos mentales | Comentarios (1) | Referencias (0)
Anna | 18-06-2008 20:41:33
