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Viernes, 18 de abril de 2008

metro

los pasillos del metro nos sirven para unir las islas que componen esta y otras ciudades. los puntos que conocemos alrededor de las bocas de metro, rodeados de manchas oscuras de ignorancia que sorteamos a través de las líneas rectas metropolitanas.

 

cuando entramos, vamos adoptando nuestro ritmo. si queremos llegar a tiempo a casa o al trabajo, vamos caminando deprisa, para llegar cuanto antes sin olvidar que el tren ni espera ni piensa en nosotros. llegará y se irá cuando toque, independientemente de nuestra impaciencia. a veces, sin embargo, cuando saboreamos la intensidad del desplazamiento, o nos dejamos arrastrar por el libro que llevamos entre manos o por la música que va sonando en los auriculares o, incluso, por la maraña de pensamientos que la distancia nos permite ir desenredando, andamos despacito, nos colocamos a la izquierda en las escaleras mecánicas y no somos los primeros en accionar la apertura de puertas.

 

el metro es un laberinto inverso, con una entrada y varias salidas. una hiedra que juega a favor de la comunicación. un lugar de paso que utilizamos confiadamente para su propósito.

 

je… ¡el miércoles lo subvertimos! asistimos a un concierto, dedicándonos a escuchara a los músicos que cantan para que durante los cinco, diez segundos que pasamos por su lado nos acompañe una canción todo el día. de pie, parados en el pasillo, rediseñamos el espacio, otorgándole importancia por sí mismo, haciéndole olvidar que era un trayecto y convirtiéndole en un punto de destino. mientras johanna y félix iban desgranando canciones, nosotros íbamos regalando sonrisas, acompañando con los labios sus palabras y aplaudiendo al terminar cada canción.

 

provocábamos la sonrisa de los trashumantes, que dirigían su vista en primer lugar a los artistas y en segundo término a los dos chicos que, silentes en el pasillo, seguían con la mirada las notas que se iban escapando de la guitarra y garganta.

 

no cantaron la chica ye-yé. no voy a engañaros, nadie la canta. pero me regalaron un “te echaré de menos” que me revolvió por dentro. y ahora me acompaña, como la promesa de que la próxima vez, serán más flamencos.

Por: serpientelocuaz | hoja ruta | Comentarios (0) | Referencias (0)

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